Mi vida en general
No sé muy bien cómo abordar este capítulo, porque hay demasiadas cosas inmersas en una vida. Supongo que la forma más sencilla de hacerlo es contarte, en términos generales, cómo han sido estos últimos dos años.
Después de que dejamos de hablar me enfoqué muchísimo en mi trabajo. Se volvió mi amor, lo único en lo que pensaba, y todo lo demás empezó a girar alrededor de él. Mis amigos eran los del trabajo, salía con ellos, viajaba con ellos y durante un tiempo mi vida se redujo bastante a eso.
Seguí viviendo sola y muy feliz. Empecé a disfrutar muchísimo ese espacio porque, como siempre te dije, antes de vivir con alguien quería experimentar lo que era vivir sola. Estar sola tanto tiempo me enseñó muchas cosas sobre mí; por ejemplo, que tengo demasiadas manías jajaja. Soy una loca del orden y, ahora que vivo sola, eso se puso peor.
Mi relación con mi mamá también mejoró muchísimo. Viajaba casi todos los meses a Pereira para verla y recargar el tanquecito con ella. Creo que la distancia nos ayudó a empezar a vernos como individuos, a respetar nuestras diferencias y a poner límites más sanos.
Y la rumba se volvió mi mejor amiga. Salí muchísimo durante estos dos años, seguramente por esa libertad de estar viviendo sola y no tener que rendirle cuentas a nadie. Creo que nunca en toda mi vida me había dado el espacio de vivir algo así y fue genial. También descubrí que sí tengo mucho flow jajajaja… y que, sin querer, terminé siendo una especie de pegamento de ese grupo de amigos del trabajo.

El trabajo
No recuerdo exactamente en qué parte de mi vida te quedaste… porque no sé si te has ido jajaja. Mentiri. Es mi yo coqueto saliendo cada vez que me dirijo a ti.
En 2024 tenía, literalmente, el trabajo de mis sueños. Lideraba un equipo de cinco diseñadores y descubrí que era muy buena haciéndolo; se me daba con bastante naturalidad y amaba a mis pollitos. A principios de 2025 me ascendieron a gerente de diseño, que era literalmente el trabajo que llevaba esperando durante años.
Ya no pasaba tanto tiempo moviendo píxeles. Mi trabajo empezó a vivir mucho más en conversaciones estratégicas, decisiones, prioridades y personas. Mis herramientas dejaron de ser principalmente Figma y los colores; ahora eran Google Slides y Excel. Tenía ocho personas bajo mi responsabilidad y todo marchaba bien… hasta que dejó de hacerlo.
Estaba en una empresa bastante compleja. Era un bufete de abogados y, por naturaleza, todo era muy cuadriculado y estructurado. Llegó un punto en el que empezaron a pedirme cosas que sencillamente no hacían parte de mi naturaleza como líder. El estrés llegó a niveles estratosféricos y, finalmente, decidí dar un paso al lado.
El 29 de agosto dejé la compañía. Dejé todo organizado, cerré ese capítulo de la mejor manera posible y me hicieron la mejor fiesta de despedida de todas. Literal llegué a mi apartamento como a las ocho de la mañana del día siguiente.
Y sí, como seguramente te estarás preguntando: renuncié sin tener otro trabajo. Para completar, en mayo de 2025 también se había terminado el freelance que tenía —“la moza”, como la llamaba en esa época—. Así que no, no tenía nada más. Simplemente di un salto de fe en mi carrera, en mis capacidades y en la idea de que podía encontrar algo mejor sin necesidad de tenerlo asegurado antes de irme.
¿Loca? Mucho. ¿Valiente? Tal vez. Algunos me llamaron impulsiva, pero tú sabes que nunca le he tenido demasiado miedo a saltar al vacío. Tal como me pasó contigo.
El caso es que 33 días después ya tenía otro trabajo: mejor pago, con muchos menos dolores de cabeza y exactamente con lo que le había pedido a la vida, más balance entre mi vida y el trabajo. No te voy a negar que el cambio me dio durísimo. Venía de trabajar a velocidades alarmantes y llegué a un lugar donde las cosas funcionan a otro ritmo. Me ha ido bien, pero adaptarme a esa tranquilidad me costó muchísimo más de lo que pensé.
Después de todo, hay algo que sí cambió: mi vida laboral ahora es un cajón dentro de mi vida, no mi vida entera. Claro que sigo teniendo ambiciones, sueños y cosas que quiero lograr, pero finalmente entendí que puedo ser una crack en mi trabajo sin que eso sea lo que me define como persona. Ahora intento tomarme las cosas con más calma y con más paciencia.
Además, trabajo con un cliente gigantesco, algo que jamás me habría imaginado. Ahora trabajo en The Wall Street Journal, diseñando su app y su página web. Sé que estarías orgullosa de eso. Siempre me pareció muy chévere de nuestra relación que confiaras tanto en mí y en mis capacidades. Gracias por eso.

Mi salud
Bueno… aquí realmente no hay tanto que contar. Se me pegó esa cosa tuya de no querer ir al médico jajaja. No sé si sigas siendo esa persona, pero ahora te entiendo perfectamente: qué desgaste y qué cansancio.
En general he estado bien. Finalmente dejé de fumar cigarrillo. El vapeador no lo he dejado. Lo siento, no cumplí.
Mis exámenes de laboratorio siguen saliendo impecables, así que por ahora todo bien. Excepto por los mareos que me quedaron después del terremoto, pero para eso necesitas otro capítulo.
El amor
¿Realmente tenemos que hablar de esto? Jajaja… No pos chini, qué te cuento. Amor no hay. Pareja tampoco. Oficialmente llevo casi cuatro años soltera.
Pero sí hubo alguien. Alguien del trabajo que, con unos tragos encima, decidió sacar del cajón sus sentimientos más secretos y confesarme que yo le gustaba. El pequeño problema fue que después, estando nuevamente en sus cinco sentidos, no pudo asumir su propio secreto.
Y bueno, el resto es historia. Realmente no pasó nada; solo hubo un montón de momentos llenos de tensión, confusión, malentendidos y el maravilloso fracaso de tragarme de alguien que no podía sostener su propia verdad frente a los demás.
Eso que llaman un “casi algo”. Sí, exactamente eso. Dicen que los casi algo duelen más que cuando se termina una relación correspondida. No podría estar completamente de acuerdo con esa afirmación.
De resto no ha pasado mucho más. Jajaja, como diría JuanGa, yo no nací para amar. Tiris. No sé. Siempre he tenido la sensación de que a mí no me salen cuenticos porque sencillamente estoy hecha para querer con todo y no a medias. Ojalá la vida me dé otro chance, porque estar enamorada es una nota, con todo y sus penas.

Tú
Chini, este capítulo es complejo. Aunque supongo que nuestra relación siempre lo fue, en el buen y en el mal sentido. Fue compleja porque hubo muchísimas emociones metidas en ella y porque pocas cosas entre nosotras fueron realmente simples.
Pero si hay algo que puedo decir sin dudar es que ha sido la relación de la que más he aprendido. Gracias por eso.
Te recuerdo con muchísimo cariño y también con un montón de sentimientos mezclados, si quieres que sea completamente honesta. Después de todo este tiempo aprendí a aceptar lo que pasó y a entenderlo como otro proceso que tenía que vivir para aprender sobre el amor, sobre las relaciones y, sobre todo, sobre mí.
No te voy a negar que de vez en cuando, allá de fondo, empieza a sonar Casi te envidio de Andy Montañez. Tampoco te voy a negar que a veces todavía me duele recordar todo lo que pasó y, sobre todo, cómo pasó.
Te pienso más de lo que probablemente le admitiría a mucha gente, de todas las formas posibles, if you know what I mean. Es difícil sacar de la memoria todo lo que vivimos: la complicidad, la amistad, el deseo y los buenos recuerdos.
Pero la vida también me enseñó algo que me costó muchísimo aceptar. ¿Te acuerdas de La correcta, de Morat y Nabález? Durante mucho tiempo pensé en esa idea de la persona correcta y hoy creo que quizá yo simplemente no era la correcta para la vida que tú querías construir.
Por mucho amor que pudiera existir entre nosotras, la vida terminó poniéndote al lado de alguien que está mucho más alineada con tus objetivos y con la vida que quieres tener. Y, ¿sabes qué? Eso también está bien. Aunque a veces duela un poquito en el ego.
Te entiendo. Yo no habría podido brindarte algunas de las cosas que tienes ahora y creo que esa terminó siendo una de mis mayores lecciones: aceptar. Aceptar que, por más what ifs que me invente en la cabeza, probablemente el resultado terminaría siendo el mismo.
Yo siempre actué de forma genuina. Siempre fui yo, incluso en mis peores momentos, y quizá precisamente por eso ese no era mi lugar.
Aún te quiero, con todo lo complejo que puede ser decir algo así después de tanto tiempo. "Hay gente que no consigues olvidar jamás, no importa el tiempo que eso dure". Eso diría el sabio Alejandro Sanz.
Gracias por tanto y perdón por todo.

Boom. La vida me cambió.
10 de agosto. 7:34 a. m. Pereira, Risaralda.
Estaba durmiendo. Ese día volvía a trabajar después de haberme tomado la semana anterior de vacaciones para descansar, así que lo último que quería era madrugar.
Me despertó el movimiento. Abracé a mi mamá y le dije que todo iba a estar bien. Al principio el terremoto empezó suave y durante un segundo pensamos que iba a parar, pero no. Al contrario, empezó a moverse cada vez más fuerte.
Todo se movía. Solo escuchábamos cosas cayéndose alrededor. De repente hubo un estruendo durísimo detrás de mí y la puerta de la habitación principal se cerró. El polvo del cielo raso empezó a caerme sobre la cabeza como si fuera talco.
Un minuto y medio de suplicio.
Cuando paró, le dije a mi mamá que abriera la puerta del apartamento para que pudiéramos salir mientras yo iba a su habitación por nuestros celulares. Cuando abrió la puerta, el pasillo estaba destruido, lleno de escombros. Ella simplemente miró y dijo: “¿Qué es esto?”, con una voz de pánico que todavía recuerdo.
Intenté abrir la puerta de su habitación y no se podía. Cuando finalmente logramos hacerlo a los golpes, vimos que todo el cielo raso se había caído adentro. Como pude, busqué los teléfonos, cogí mi bolso y agarré dos camisetas para salir.
Mientras bajaba me llegó una notificación: 6,7 en Chocó. Había sido al lado. Intenté comunicarme con alguien, pero ya no tenía señal de nada.
Caminamos por el barrio buscando algún punto donde pudiéramos conectarnos, pero fue inútil. Solo alcanzamos a ver que un edificio vecino se había derrumbado y que unos obreros estaban ayudando a sacar personas. El barrio por el que tantas veces había caminado tranquilamente con mi mamá estaba lleno de escombros. Parecía una zona de guerra.
Ese día subí al apartamento unas tres veces después del terremoto. Necesitábamos agua, que ya empezaba a escasear, cargadores y el pastillero de mi mamá. Tenía la garganta completamente seca por todo el polvo de escombros que había respirado. Hizo muchísimo sol y pasamos prácticamente todo el día afuera.
Como a las once de la mañana entendí que mi vida se había partido por la mitad. El apartamento en el que vivía mi mamá ya no era habitable. Vivir sola, por lo menos como lo había hecho hasta ese momento, probablemente tampoco iba a seguir siendo posible. No podía dejarla sola con todo eso.
Estábamos vivas, pero con un trauma gigante encima. No tenía idea de dónde íbamos a dormir esa noche ni las siguientes. Y ahí entendí algo que uno escucha toda la vida pero que realmente no comprende hasta que le pasa algo así: la vida es un ratico, hasta que ya no la tienes.
Al mediodía decidí subir con mi mamá al apartamento para coger algo de ropa y bañarme porque, sinceramente, no sabía cuándo iba a poder volver a hacerlo. Me bañé pisando piedritas y pedazos de escombro. Armamos una maleta y salimos a reunirnos con unos vecinos.
Solo hasta las 5:30 de la tarde logré comunicarme con mi familia. Casi doce horas sin que nadie supiera nada de nosotras. Jajaja, nunca me había sentido tan importante. Ahí entendí, de una manera muy extraña, lo que significó para otras personas no tenerme en sus vidas. Yo, que sigo sin comprarme del todo el cuento.
Esa noche terminamos durmiendo en casa de una vecina conocida. Al día siguiente parecíamos desplazadas: maletas, bolsas de mercado con lo esencial y nosotras en la calle porque, honestamente, ningún lugar se sentía seguro.
Todo esto me enseñó a no dar por sentada a mi mamá y a agradecerle a la vida haber estado con ella ese día, porque si alguna de las dos hubiera estado sola, la historia habría sido completamente diferente. También me abrió los ojos y me mostró quién realmente está ahí para mí.
Y, quizá una de las cosas más difíciles para alguien como yo, me enseñó a recibir.
El miércoles 13 de agosto ya estábamos en Cali, con mi familia acogiéndonos. Hubo personas que literalmente movieron cielo y tierra para sacarnos de Pereira y lo lograron. Todo se sentía surreal.
Esa noche finalmente pude sentarme a revisar redes sociales y entendí la dimensión real de lo que había pasado. Ahí caí en cuenta de que estaba contando el cuento y pensé que, si la vida decidió dejarme aquí, probablemente todavía me tiene guardadas algunas cosas.
“La vida no ha sido la misma desde ese día”. Suena como el cliché más grande del planeta, pero nunca una frase había tenido tanto sentido para mí.
Ahora vivo mucho más alerta. Me quedó un vértigo posicional que, claramente, no ayuda demasiado con el trauma. Pienso mucho más cada movimiento que hago, las decisiones que tomo y la forma en la que puedo estar “preparada” para que algo así vuelva a ocurrir.
Aunque, en el fondo, sé que esa es precisamente la trampa: tengo un trauma por algo que nunca voy a poder controlar.

Muchas cosas que alguna vez creí permanentes dejaron de serlo.
Mi trabajo cambió, mi casa cambió, mi relación con mi mamá cambió, mi forma de amar cambió, mi forma de entenderte cambió y mi forma de entenderme a mí también.
Sigo siendo yo, obviamente.
Con mis chistes malos, mis playlists, mis obsesiones, mi coquetería inoportuna y mi incapacidad aparentemente absoluta para contar una historia de forma corta. Pero tampoco soy exactamente la misma persona que conociste.
Supongo que eso era lo que quería contarte.
All the things you have missed about me.